04 diciembre 2015

La dialéctiva del amo y el esclavo por Francis Fukuyama (El fin de la historia y el último hombre)

La dialéctica del amo y el esclavo
Francis Fukuyama

Para descubrir el significado de la llamada «lucha por el reconocimiento», debemos entender primero el concepto de ser humano o de naturaleza humana de Hegel. Los primeros teóricos del liberalismo que precedieron a Hegel, presentaron la discusión sobre la naturaleza humana como una descripción del Primer Hombre o del hombre en el «estado de naturaleza». Hobbes, Locke y Rousseau no pretendieron que el estado de naturaleza fuera un reflejo empírico u histórico del hombre primitivo, sino una especie de experimento mental para eliminar aquellos aspectos de la personalidad humana que eran producto de la convención —por ejemplo el hecho de que uno sea italiano o un aristócrata o un budista— y poner así de manifiesto aquellas características del hombre en cuanto hombre.

El «primer hombre» de Hegel comparte con los animales ciertos deseos naturales básicos, como el deseo de comer, dormir, resguardarse y sobre todo de preservar su propia vida. Es, en este sentido, parte del mundo físico o natural. Pero el «primer hombre» de Hegel es radicalmente diferente de los animales en que no desea sólo objetos reales «positivos» —un filete, o una chaqueta de cuero con la cual protegerse del frío, o un refugio en el que vivir—, sino que desea también cosas que no son materiales. Sobre todo, desea el deseo de otros hombre, es decir, desea ser querido por otros o ser reconocido por ellos. Para Hegel, un individuo no puede llegar a ser una autoconciencia, es decir, consciente de si mismo como un ser individual, sin ser reconocido por otros seres humanos. El hombre, en otros palabras, fue desde el comienzo un ser social: su propio sentido de su valor o de su identidad está estrechamente conectado con el valor que otros le atribuyen.
Pero el «primer hombre» de Hegel se diferencia de los animales de un segundo modo aún más fundamental. Este hombre quiere no sólo ser reconocido por otros hombres, sino ser reconocido como un hombre. Y lo que constituye la identidad del hombre como hombre, la característica más fundamental y propiamente humana, es la capacidad del hombre de arriesgar su propia vida. Esa es la razón de que el encuentro del «primer hombre» con otros hombres lleve a una lucha violenta en la que cada contendiente intenta que el otro lo «reconozca» arriesgando su propia vida. El hombre está fundamentalmente dirigido hacia los otros y es un animal social, pero su sociabilidad no le conduce a fundar una sociedad civil pacífica, sino a una lucha violenta a muerte en busca de puro prestigio. Este «combate sangriento» puede tener tres resultados. Puede llevar a la muerte de ambos contendientes, en cuyo caso la vida misma, humana y natural, termina. Puede llevar a la muerte de uno de los contendientes, en cuyo caso el superviviente permanece insatisfecho porque ya no habrá ninguna conciencia humana que pueda reconocerlo. O, finalmente, la batalla puede concluir en la relación de señor y siervo, en la cual uno de los contendientes decide someterse a una vida de esclavitud antes que enfrentarse al riesgo de morir violentamente. El señor recibe satisfacción porque arriesgó su vida y recibe un reconocimiento de su acto por otros ser humano.
No obstante, la relación social entre el señor y el siervo no era estable a largo plazo porque ni el señor ni el siervo estaban satisfechos en su deseo de reconocimiento. Esta ausencia de satisfacción constituye una «contradicción» de la sociedades basadas en la posesión de esclavos y generó el impulso hacia el progreso histórico.
El señor y el siervo permanecen insatisfechos por diferentes razones. El señor es en un sentido más humano que el esclavo porque está dispuesto a superar su naturaleza biológica con el propósito de alcanzar un fin no biológico: el reconocimiento. El siervo, al contrario, sigue el consejo de Hobbes y cede ante su miedo a una muerte violenta. Al hacerlo permanece como un animal necesitado y temeroso, incapaz de superar su determinación biológica o natural. Pero la carencia de libertad del esclavo, su humanidad incompleta, es la fuente del dilema del señor. Porque el señor, en realidad, desea ser reconocido por otro ser humano, es decir, ser reconocido en su valor y dignidad humana por otros ser humano en posesión de dignidad y valor. Pero al ganar la batalla por el prestigio, el señor es reconocido por alguien que se convirtió en esclavo, cuya humanidad está inacabada porque cedió ante su miedo natural a la muerte. El valor del señor es reconocido, así, por alguien que no es suficientemente humano.
El esclavo, a su vez, también está insatisfecho. Su insatisfacción, sin embargo, no lleva a un estancamiento, como en el caso del señor, sino a un cambio creativo y enriquecedor. Al someterse al señor, el esclavo, por supuesto, no es reconocido como un ser humano. Al contrario, es tratado como una cosa, un medio para la satisfacción de los deseos del señor. Pero es esta ausencia de reconocimiento lo que lleva al esclavo a desear que las cosas cambien.
El esclavo recobra su humanidad, la humanidad que había perdido a causa de su miedo a una muerte violenta, a través del trabajo. Al principio, el esclavo es obligado a trabajar para la satisfacción del señor a causa de su miedo a la muerte. Pero el motivo de su trabajo con el tiempo cambia. En lugar de trabajar por miedo al castigo, empieza a trabajar por sentido del deber y de la autodisciplina, así aprende a suprimir sus deseos animales en beneficio de su trabajo. En otras palabras desarrolla algo similar a una ética del trabajo. Más importante aún, el esclavo a través del trabajo llega a ser consciente de que es un ser humano: es capaz de transformar la naturaleza, esto es, tomar la materia natural y libremente transformarla en algo diferente de acuerdo a una idea o un concepto preexistente. El esclavo usa herramientas; puede usar herramientas para fabricar otras herramientas, y así inventa la tecnología.
El señor manifiesta su libertad arriesgando su vida en una batalla sangrienta, y así demostrando su superioridad frente a la determinación natural. El esclavo, al contrario, concibe la idea de libertad trabajando para el señor, y en el proceso se da cuenta de que es un ser humano capaz de realizar un trabajo libre y creativo. La conciencia del esclavo es, por tanto, más alta que la conciencia del señor, porque es más autoconciencia, esto es, reflejo de si mismo y su propia condición.
Los principios de 1776 o 1789, de libertad e igualdad, no aparecen en las mentes de los esclavos espontáneamente. El esclavo no desafía al señor hasta que atraviese un largo y doloroso proceso de aprendizaje donde aprende a superar su miedo y a reclamar su justa libertad. El esclavo, al reflexionar sobre su condición y sobre la ideas abstracta de libertad, produce diferentes versiones preliminares de la libertad antes de encontrar la correcta. Esta versiones preliminares son para Hegel y para Marx ideologías, esto es, construcciones intelectuales en si mismas no verdaderas pero que reflejan la estructura subyacente de la realidad, la realidad del señor y el siervo. Hegel en la Fenomenología identifica varias de estas ideologías, incluyendo filosofías como el estoicismo y el escepticismo. Pero las más importante ideología de esclavos, y la que conduce directamente a la realización de sociedades basadas en la libertad y la igualdad en la tierra, es el cristianismo, la «religión absoluta».
El problema con el cristianismo que es sigue siendo sólo otra ideología de esclavos, es decir, es falsa en algunos aspectos fundamentales. El cristianismo no postula la realización de la libertad humana en la tierra sino sólo en el Reino de los Cielos. Según Hegel, el cristiano no se da cuenta de que Dios no crea al hombre, sino al contrario el hombre crea a Dios. Crea a Dios como una proyección de la idea de libertad, porque en el Dios cristiano vemos a un ser que es el señor perfecto de si mismo y de la naturaleza. El cristianismo se convirtió así en una forma de alienación, una nueva forma de esclavitud en la que el hombre el mismo se esclavizado por algo que el mismo creó, llegando a estar escindido frente a si mismo.
Para Hegel, la Revolución francesa fue el acontecimiento que tomó la visión cristiana de una sociedad libre e igual, y la realizó en la tierra. Al hacer esta revolución, los antes esclavos pusieron sus vidas en peligro, y así probaron que habían superado el miedo a la muerte que había servido originariamente para definirlos como esclavos. Los ejércitos victoriosos de Napoleón llevarían al resto de Europa esos principios de libertad e igualdad.
Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man, pág. 146-148, 192-199.